No es nuevo. Y justo ese es el problema.

La imagen de una senadora tiñéndose el cabello en pleno Senado de la República encendió las redes sociales y abrió, una vez más, el debate sobre las prioridades, los privilegios y la desconexión entre la clase política y la ciudadanía. No porque el hecho sea inédito, sino precisamente porque no lo es.

El Senado —como la Cámara de Diputados— cuenta desde hace años con un salón de belleza interno. Un espacio no señalizado, discreto, funcional, que opera incluso durante sesiones plenarias. No es ilegal. No es clandestino. No es, según sus autoridades, un servicio gratuito. Todo eso es cierto. Y aun así, el problema persiste.

Porque en política no todo se define por la legalidad, sino por la narrativa.

La polémica no radica en el tinte, el espejo o el sillón. Radica en el símbolo. En la imagen de una representante popular atendiendo lo estético mientras se discuten asuntos públicos. En la normalización de prácticas que, aunque históricas dentro del poder legislativo, hoy resultan profundamente disonantes con un país marcado por la austeridad discursiva, la desconfianza institucional y la exigencia de congruencia.

Que el salón haya sido clausurado tras la polémica tampoco resuelve el fondo. El cierre no elimina la percepción de privilegio; solo confirma que el problema no es la existencia del espacio, sino el momento en que se vuelve visible. Lo que antes permanecía fuera de cámara, hoy se vuelve viral en segundos. Y ahí está el verdadero punto de quiebre.

De cara a las próximas elecciones, estos episodios importan más de lo que parecen. No porque definan plataformas o proyectos de nación, sino porque alimentan narrativas. Y en tiempos electorales, la narrativa pesa tanto como la propuesta. Cada imagen, cada gesto, cada descuido construye o erosiona confianza.

La ciudadanía no juzga únicamente lo que se hace, sino cuándo se hace y cómo se percibe. La política contemporánea se juega tanto en el pleno como en el encuadre de una fotografía.

No se trata de exigir sacrificios simbólicos ni de convertir la estética en pecado. Se trata de entender que el poder ya no puede darse el lujo de vivir bajo códigos internos ajenos a la mirada pública. Lo “normal” dentro de las élites es, muchas veces, lo más problemático hacia afuera.

El verdadero debate no es si debe existir o no un salón de belleza en el Senado. El debate es si la clase política comprende que, en una democracia hipervisible, todo comunica. Y que en el camino hacia las urnas, no hay detalle pequeño cuando se trata de credibilidad.

Porque al final, no fue el tinte lo que incomodó. Fue el reflejo.

Víctor Galicia Montiel — Director General de Poder Magazine. Comunicador, analista político y estratega de opinión, reconocido por su liderazgo en oratoria, media training y construcción de marca personal. Ha impulsado proyectos de capacitación y desarrollo profesional que trascienden fronteras, dejando huella en gobiernos, empresas y sociedad civil.

Con una visión crítica del poder mediático, ofrece reflexiones contundentes sobre democracia, ciudadanía y agenda pública, convencido de que la comunicación no solo informa, sino que transforma realidades. Su trayectoria lo ha consolidado como referente en comunicación política, liderazgo y participación ciudadana.

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