En el contexto de las rupturas de pareja, uno de los escenarios más complejos y delicados es, sin duda, la reconfiguración de la dinámica familiar cuando existen hijas o hijos en común. La separación de los progenitores no debería implicar, bajo ninguna circunstancia, la ruptura del vínculo entre los menores de edad y alguno de ellos. Sin embargo, en la práctica, es frecuente observar cómo el ejercicio de la maternidad o la paternidad se distorsiona, afectando directamente el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes.
El principio del interés superior del menor no es una frase decorativa en el ámbito jurídico: es una directriz obligatoria que debe guiar todas las decisiones, conductas y resoluciones que impacten la vida de la infancia. Este principio implica reconocer que nuestras hijas e hijos tienen derecho a mantener una relación cercana, constante y significativa con ambos progenitores, salvo en aquellos casos en los que exista un riesgo real para su integridad.
La corresponsabilidad parental: más allá del discurso
Maternar y paternar de manera responsable exige comprender que la crianza no es un rol exclusivo de una sola persona. Históricamente, se ha asignado a la madre la carga principal del cuidado, mientras que al padre se le ha relegado a un papel secundario o meramente proveedor. Este paradigma no solo es obsoleto, sino profundamente perjudicial.
Hoy, hablar de corresponsabilidad implica reconocer que ambos progenitores tienen obligaciones y derechos en igualdad de condiciones: cuidar, educar, acompañar emocionalmente y participar activamente en la vida de sus hijas e hijos.
Negar la convivencia con el padre —cuando no existen causas justificadas— no solo vulnera los derechos de este, sino que constituye una afectación directa a los menores de edad, quienes pierden la oportunidad de construir una relación afectiva esencial para su desarrollo emocional y psicológico.
La instrumentalización de los hijos: una forma de violencia silenciosa
Uno de los fenómenos más preocupantes en los procesos de separación es la utilización de los hijos como herramientas de control, castigo o venganza entre adultos. Cuando se obstaculiza la convivencia, se manipula la percepción de las niñas, niños o adolescentes, o se generan conflictos innecesarios, se incurre en una forma de violencia que, aunque muchas veces invisible, deja huellas profundas.
Este tipo de conductas no solo contravienen el marco legal, sino que también atentan contra la estabilidad emocional de niñas, niños y adolescentes, colocándolos en un conflicto de lealtades que no les corresponde asumir.
El papel del Estado y del sistema de justicia
Las leyes deben ser claras y contundentes en la protección del derecho de convivencia y en la sanción de conductas que lo vulneren. No obstante, el desafío no radica únicamente en la norma, sino en su correcta aplicación.
Es fundamental que jueces, juezas, ministerios públicos y operadores jurídicos actúen con perspectiva de género e infancia, analizando cada caso de manera integral, evitando prejuicios y garantizando que las decisiones respondan verdaderamente al bienestar de niñas, niños y adolescentes, y no a estereotipos o inercias institucionales.
Construir nuevas formas de familia
La separación no significa el fracaso de una familia, sino su transformación. Es posible —y necesario— construir nuevas dinámicas basadas en el respeto, la comunicación y la responsabilidad compartida.
Maternar y paternar de manera consciente implica dejar de lado los conflictos personales para priorizar lo verdaderamente importante: el bienestar de las hijas e hijos. Significa entender que el amor hacia ellos debe ser más grande que cualquier diferencia entre adultos.
El verdadero reto no está en quién tiene la razón entre los progenitores, sino en quién está dispuesto a actuar con madurez y responsabilidad en favor de sus hijos.
Garantizar el derecho de convivencia no es un acto de concesión; es una obligación legal y moral.
Porque, al final, cada decisión que tomamos como madres y padres deja una huella en la vida de nuestras hijas e hijos. Y esa huella debería estar marcada por el amor, la presencia y el compromiso, no por la ausencia, el conflicto o la indiferencia.
Mariana Franco Abogada y mediadora familiar con perspectiva de género. Acompaña a personas y familias en procesos legales complejos con ética, sensibilidad y firmeza, priorizando la dignidad y la justicia.
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